Penitentes – Relato de experiencias en montaña

Mendoza, Mayo de 2009.Lucas

por Lucas M. Serra

Luego del túnel que nos despidió del centro de esquí Penitentes, el bus nos abandonó sobre la margen de la ruta, apenas pasado el Km 1253 a 2640 msnm. Al ver al colectivo alejarse se produjo allí la primera de las sensaciones: la de soledad, pues ahora éramos los únicos humanos en esas latitudes. Todo dependía de nosotros mismos, excepto los caprichos de la naturaleza.
Acomodamos las mochilas, nos pusimos cómodos, hidratamos, agradecimos por el excelente tiempo, nos animamos mutuamente y emprendimos la marcha a las 14 hs,en remera, con una buena cantidad de protector solar y con nuestras cámaras listas para registrar lo que prometía ser una experiencia inolvidable, como lo es cada una de estas travesías.
Además de todos los ingredientes propios de estos momentos, para mí se sumaba el hecho de estar realizando mi primera salida “autoguiada”, lo que sumaba un extra de inquietudes y de excitación. No hubo improvisaciones pero si ciertas preocupaciones y algunos descuidos que, a la distancia, se viven hoy como una fuente de nuevos conocimientos.
Desde el asfalto se divisaba claramente nuestro objetivo, al que intentaríamos acceder al día siguiente: un imponente macizo rocoso surgido de las entrañas de la Tierra. Dicen que recuerda a una catedral gótica, por debajo de la cual se sitúan los monjes “penitentes”, representados por unos bloques rocosos más pequeños. Para acceder a la cumbre es necesario rodear el cerro, lo que implica adentrarse en la quebrada rumbo al Sur.

Cerro Penitentes

Cerro Penitentes

Apenas cruzado el asfalto nos encontramos con la primera atracción-desafío que se trataba del “famoso” puente colgante sobre el Río Cuevas. Obviamente lo cruzamos de a uno con una mezcla de temor, precaución y diversión pero seguramente a más de uno lo habría hecho pensar en tomar un cruce alternativo dado que mostraba una gran precariedad, cosa que por cierto lo hacía, al mismo tiempo, pintoresco.

Ya a los pocos minutos la pendiente (que no era tan dura) y el peso de la mochila a full se comenzaron a hacer sentir. Los restos de un par de vacas próximas al río fueron motivo, entre otros, para detener la marcha.

La Quebrada de Vargas no nos defraudó en cuanto a su belleza.
Aunque el tiempo era excelente, el sol nos abandonó temprano debido a que nos encontrábamos casi sobre el cauce mismo del río, al que debimos cruzar en varias oportunidades. Beber de esas aguas siempre resulta agradable no sólo por su frescura y pureza sino también por la sensación de “primitivez” que se experimenta, algo así como un retorno a los orígenes. El hielo sobre las rocas era un claro indicio de la baja temperatura que nos esperaba y que ya entonces nos obligaba a utilizar buzo y en mi caso guantes, dado que mis dedos se hallaban sumamente entumecidos.

Nos llevó 4 horas el ascenso de 574 m hasta el refugio de Grajales (3214 msnm). Muy lindo fue verlo aparecer de repente, luego de un pequeño ascenso, en el momento en que comenzábamos a pensar en armar la carpa por esa zona debido al gran cansancio que sentíamos y que milagrosamente desapareció al observar su cercanía.

Luego de desembarazarnos de las mochilas y de decidir dormir dentro del refugio se produjo en mí la primera preocupación del viaje: no tenía el pack de pilas de la linterna (nunca salieron de Padua). Tendría que depender de la luz de Pablo y de la de mi celular.

El sonido suave y tranquilizador del río que serpenteaba a unos metros de allí era sobrecogedor, sumamente relajante. Ningún ser humano nos acompañaría hasta el día siguiente, aunque no pasaríamos la noche solos…

Las dimensiones del refugio son de unos 2 m x 2,5 m aproximadamente lo cual nos brindó un espacio más que suficiente. Acomodamos nuestros aislantes y bolsas, hicimos el plan para el próximo día y luego de una buena cena nos dispusimos a dormir, cosa que, como es habitual, suele ser de manera bastante entrecortada.

Por la mañana nos seguía acompañando el buen tiempo y fue cuando me enteré del verdadero motivo por el cual Pablo había salido de su bolsa a mitad de la noche. Unos ruidos en las bolsas de la comida lo habían despertado. Ruidos causados por ratas. Ruidos que jamás escuché. Las chicas también habían visitado mi mochila, que había dejado afuera durante la noche: mordisquearon (destruyeron debería decir) mis súper guantes impermeables de plomero, mi preparado especial de leche en polvo y en menor medida el botiquín.

El sol de la mañana

El sol de la mañana

Desayunamos (yo no pude tomar mi leche…) y a las 8 hs. partimos con rumbo a la cumbre, un poco más cargados que lo pensado y aconsejado ya que decidimos llevar la comida por temor a un nuevo ataque roedoril en nuestra ausencia.
Desde la partida misma la pendiente toma protagonismo y lo mantiene durante todo el trayecto, recordándonos que la naturaleza es quien manda y la que nos da (o no) la oportunidad de disfrutarla. La mañana estaba fresca.
El cielo inmaculado. El sol bajaba de las cumbres, pintándolas de amarillo, pero todavía nos quedaba una media hora hasta poder sentirlo. Igualmente estábamos bien abrigados aunque enseguida no hizo falta tanto buzo.
Los bastones nos ayudaron todo el tiempo. A esta altura nos acompañaban nuestras largas sombras.
Se tornaba cada vez más duro, deteniéndonos a cada rato, con la excusa de una foto o de hidratarnos o sencillamente de saciar la vista ante tanta belleza.

El ritmo de la caminata era lento, el llano no existía, sólo pendiente. Por momentos me adelantaba y al rato Pablo me daba alcance ya que su ritmo, si bien era más lento, también era más constante. Con unos caramelos tratábamos de incorporar algo de glucosa con el fin de recuperar la energía pero lo cierto era que estábamos cansados: los efectos de la altura, la falta de un buen entrenamiento, la edad…
Afortunadamente la nieve sólo se hacía presente de manera esporádica, lo cual nos facilitó la tarea.
Muy interesante nos resultó el paso por un pedrero ya que hubo que utilizar las manos para poder trepar.

Pablo en uno de los pedreros

Pablo en uno de los pedreros

Unos metros más adelante, en el descanso del almuerzo, Pablo decidió volver. Le dolía mucho la cabeza, no estaba bien. No se si yo estaba mucho mejor. Si bien no me dolía la cabeza, estaba destruido, realmente agotado.

Pensé en bajar con Pablo pero por otra parte quería seguir. En un momento habíamos divisado el filo cumbrero y eso era lo que me animaba a continuar. No tenía idea de cuanto tiempo faltaba, eso me preocupaba también pues no quería que me atrapara la oscuridad porque sólo disponía de mi celular para iluminar.

Eran casi las 13 cuando perdí de vista a Pablo que se quedó descansando un rato antes de bajar. Todo cambió a partir de allí. El sentimiento de seguir sólo es muy diferente. Si bien el tiempo era excelente y el terreno no presentaba gran dificultad mi falta de experiencia me jugaba en contra y me hacía pensar continuamente. Por otro lado tenía GPS, Pablo me lo dejó y eso me tranquilizaba. Apenas tenía agua en la cantimplora por lo tanto coloqué en ella una buena cantidad de nieve para que se derritiera lentamente.

Llevaba caminando más de 5 horas y había decidido volver a las 15 aproximadamente. No tenía idea del tiempo que tomaría el descenso pero me inquietaba el tema de la luz, además quería contar con algo extra por si surgía algún imprevisto.

Cada tres pasos me detenía, la pendiente no daba tregua. Me movía como un astronauta, no por lo liviano sino como en cámara lenta. La cabeza laburaba a full.

No se en que momento se hizo presente una gran extensión de terreno, casi llana, manchada por unos neveros importantes que finalizaba en una cruz y en un hito. Increíblemente las fuerzas reaparecieron, los pensamientos se aclararon y el ánimo subió superando incluso a la cumbre. Una sensación indescriptible, en realidad como todas y cada una de las que se vive día tras día, sólo que ésta no se experimenta tan a menudo.

La fuerza recuperada duró unos veinte pasos, en ese momento comprendí que además de buen estado físico es sumamente importante tener la mente bien clara: todo seguía igual que hacía unos minutos, todavía tenía que volver y, lo que es peor, todavía tenía que hacer cumbre. Con el objetivo a la vista las cosas sólo parecían más fáciles.
Atravesé el nevero, subí la última pequeña pendiente y allí estaba, en la cumbre del Cerro Penitentes a 4366 msnm, luego de 6 hs de ascenso y un desnivel de 1100 m desde el refugio.

Cumbre!

Cumbre!

Un cóndor me dio la bienvenida y me mostraba el Aconcagua, colosal.
Sólo después de las fotos me di cuenta que aún traía puesta la mochila, tal era el grado de excitación. Los recuerdos de la gente querida se hicieron presentes una vez más, en esta ocasión mientras descansaba y comía unas galletitas con queso y salamín, ya pensando en el regreso.

Me despedí a las 14:30 y por evitar el nevero comencé el descenso algo alejado del sendero. Esto hizo que cuando quisiera retomarlo me fuera imposible ya que el terreno no lo permitía. Se me plantearon dos opciones: volver, subir y retomar el camino correcto o seguir paralelo al camino e intentar alcanzarlo cuando tuviera la oportunidad. El GPS me daba ánimo y si bien indicaba “baja batería” fue lo que me hizo decidir continuar por allí.

Ahora la pendiente estaba al revés, obvio, pero eso no significa que todo fuera más fácil, si más rápido, pero ¿menos duro? Casi todo el tiempo bajaba patinando, en ocasiones con muy poco control y cuidando la cámara que llevaba colgada del pecho. Era una situación emocionante pero delicada a la vez, apenas un tobillo doblado haría las cosas prácticamente imposibles.

El tiempo pasaba, el agua era escasa (tuve que recargar nieve varias veces) y el camino no aparecía. Sin dudas esta ruta era más exigente, mucha pendiente, muchísimo acarreo y mucha y profunda nieve. Lo que finalmente justificó mi elección de camino resultó ser un pequeño glaciar del que desconocía su existencia. Iba directo hacia él pero por supuesto lo tuve que rodear, genial.

Estaba orientado, seguía paralelo a la ruta pero de ninguna forma podía alcanzarla y eso me preocupaba, temía que se presentara una quebrada demasiado pronunciada como para seguir y eso implicaría tener que volver a la cumbre o intentar pasar de todos modos, lo cual me llevaría tiempo, pero no tenía linterna. Además pensaba en Pablo: ¿habría llegado ya? ¿Estaría bien o se habría desmayado por ahí? ¿Qué haría yo si llegaba al refugio y él no estaba?

La situación no era muy agradable aunque en realidad no había nada que estuviera mal, de última yo tenía bastante abrigo como para pasar la noche allí, pero la boca estaba más seca que mi piel.

Al fin pude ver la quebrada de Vargas y eso era tranquilizador. De repente divisé una pirca y más allá una gran liebre que descendió y subió luego con una velocidad envidiable. Podía disfrutar otra vez. Aminoré la marcha, pues venía muy bien con el tiempo y recuperé el aliento. La nieve de la cantimplora ya no se derretía pero no me importaba, podía ver el refugio y un par de carpas. Se veían también unas personas, seguramente Pablo y quién resultaría ser un alemán, Daniel.

El espíritu volvió a mi cuerpo pero ese último descenso fue interminable, demoledor.
3 horas me tomó el descenso (un total de 9, mientras que el alemán lo haría en 6). Me sobró luz y batería del GPS. Pablo estaba allí, con la carpa armada. Sólo me hubiera gustado una buena chocolatada caliente. Pero el saldo me daba positivo.
Volví, misión cumplida. Dicen que una expedición finaliza verdaderamente cuando estás de vuelta en tu casa, mirando las fotos y contando las anécdotas a tu gente y coincido con esta apreciación.

Esa tarde charlamos con el alemán y apenas antes de oscurecer llegó más gente, algunos de los cuales ocuparon el refugio. Obviamente Pablo había armado la carpa a una distancia prudente del nido de ratas.
Al día siguiente nos levantamos sin apuros y recorrimos las cercanías. Subimos hasta unas cuevas y pasamos una mañana muy relajada.
Almorzamos y a las 13 hs emprendimos el regreso hacia la ruta. La idea era pasar la noche cerca de Penitentes para no tener que madrugar ni apurarnos la última mañana, cosa que terminó siendo una excelente idea.
A la mitad del camino de vuelta nos alcanzó Daniel que tenía un ritmo muy bueno. Con él fuimos hasta la ruta. Tiempo de descenso refugio-ruta: 2 hs y media.
Luego de armar la carpa descansamos y nos fuimos a explorar los alrededores. Otra excelente idea: muy lindas cascadas, una hermosa pared para una escalada primitiva, todo muy relajado.
Juntamos leña para la fogata que nos acompañó durante la cena y así como la montaña tiene magia también la tienen las fogatas. El fuego te hipnotiza, te relaja. Capta todas las miradas. Como dice Álvaro, mi maestro: “en la oscuridad todos nos miramos al mirar el fuego”. Como debe haberles sucedido a los primeros humanos, el fuego los unía, los comunicaba.
Al otro día desarmamos la carpa, cruzamos nuevamente el puente y rumbeamos hacia Penitentes donde tomaríamos el bus.
Los últimos detalles tienen que ver con el gigantesco cóndor que nos despidió del túnel de la ruta, el exquisito y carísimo desayuno en Penitentes, el camión volcado al costado de la ruta, el insoportable que no dejaba de hablar en el colectivo de vuelta, las polainas y raquetas de nieve que nos acompañaron en vano todo el tiempo (no digo al p… porque queda mal)…

¿Qué nos deparará la próxima?

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